“¿Y tú crees, grandísimo pendejo, que en los libros aprenderás a hacer periodismo?”

Rigoberto López Quezada. Foto de Víctor González.

Escuché del Club por Rigoberto. Era mi profesor de Periodismo Especializado en la UNAM. Un tipo al que yo admiraba fervientemente por la misma razón que otros compañeros no soportaban.

— Es que ni da clase, se la pasa contando anécdotas.

Para mi, aquellas historias valían más que las toneladas de teoría que otros profesores nos dejaban caer encima.

Una vez discutí con mi profesora de Géneros Informativos, porque me rechazó mi “proyecto de reportaje”, un mamotreto que debía llevar “justificación”, “motivos” y “marco teórico” y que –eso nos decía– los reporteros entregaban a sus editores antes de teclear la primera línea.

Entonces yo llevaba ya unos meses trabajando en la Redacción de un periódico. El Esto.

–Jamás me han pedido un protocolo. La única justificación que existe para que yo haga un reportaje es que si no lo entrego, me echan a la calle.

–Hazlo como quieras– terminó por decirme la profesora.

De Rigoberto, en cambio, recibía historias, como aquella en la que el “Negro” Durazo le puso una patrulla para que lo cuidara después de que a Rigoberto, como líder del desaparecido Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa, lo amenazaron de muerte.

También de la vez que entrevistó a Salinas de Gortari, a la Madre Teresa de Calcuta o la Doña.

O la célebre ocasión en que rentó una avioneta para atravesar el desierto hasta llegar a Nínive o que le puso el pie en la puerta a Erich Fromm para convencerlo, a punta de elogios hacia sus libros, de que le diera una entrevista y no regresar a la Redacción con las manos vacías.

Rigo nunca te enseñaba a hacer una entrevista o un reportaje. Te enviaba a hacerlos rogándole a Dios que se abriera tu paracaídas antes de tocar tierra.

Sin haber pisado nunca un dojo, hizo suyas las máximas de Cobra Kai: pregunta primero, pregunta agresivo, pregunta sin misericordia.

Había sido Premio Nacional de Periodismo gracias a una entrevista que hizo con la Madre Conchita, acusada de ser la autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón.

Rigo hizo suya la frase que a él mismo le dijo, cuando era estudiante, el célebre reportero de policía de El Universal, Eduardo “Güero” Téllez Vargas:

–¿Y tú crees, grandísimo pendejo, en los libros aprenderás a hacer periodismo?

–¿Entonces dónde, Güero?

–¡Ahí!

Lo que el mismo reportero que se coló a la habitación donde atendieron a León Trotsky cuando le clavaron un piolet en la cabeza señaló con el dedo y que después se volvió mi punto de encuentro con Rigo era una cantina: La Mundial.

La sala de espera en la que los reporteros hibernaban hasta que la nota los obliga a salir disparados en su búsqueda.

“El periodismo y la prostitución se aprenden en la calle”, sentencia el editor Faúndez en la película “Tinta roja” y aquel se volvió nuestro mantra.

La primera vez que nos invitó a su casa, a Amy –otra de sus discípulas– y a mí, se nos cayó la baba cuando conocimos su “Egoteca”. Así se refería a la pared donde colgó sus fotografías.

Medallas bien merecidas por aquel soldado de la información que siempre se paraba muy erguido y solía quejarse de reflujo, síntoma temprano del cáncer de estómago que se lo había de llevar de este mundo.

En la Egoteca aparecía la foto de a entrevista con la Madre Teresa, con la Doña, con Salinas de Gortari y Fidel Castro. Fueron las mismas que su familia colocó junto a su ataúd cuando lo velaron. Generaciones de alumnos nos aparecimos aquella tarde y espontáneamente comenzamos a aplaudirle.

–Deberías venir conmigo al Club –me dijo un día Rigoberto.

Club Primera Plana, se llama.

Los más jóvenes no entenderán porqué. Hubo un tiempo de periódicos impresos en los que los reporteros competíamos por ella. “La de 8”, porque se publicaba a ocho columnas; la “Princesa”, porque era la principal, la de portada, la primicia.

Ahí se reunían –o se reúnen, si es que la Nueva Normalidad lo permite– viejos sabuesos de la información que arrastran con los pasos el peso de su propia leyenda. Algunos enfermos, otros cansados, pero siempre con esa sonrisa de satisfacción que exhibimos los periodistas cuando coincidimos con los colegas y hay alcohol de por medio.

Los miércoles eran las comidas. Te servían tres tiempos: sopa aguada, arroz y un guisado. Los cien pesos que pagabas por entrar incluían tres tragos. Podía ser whisky, ron o tequila.

Se reunían en el último piso de una casona ubicada en una de las salidas del metro Hidalgo. La que da a la Plaza de la Información. Increíble era que aquellos ancianos heroicos tantos años de corretear la noticia les hubiera dado la condición para subir los escalones.

Porque hasta allá llegaban, algunos hasta con bastón.

Sentados a la mesa, rodeados por muros en los colgaban retratos hechos por moneros de los miembros más insignes del Club Primera Plana, comenzaban la sesión.

¿Y qué es lo hacían aquellos periodistas?

Lo único que aprendieron a hacer en la vida.

Periodismo.

Cada comida contaba con un invitado. Un político, un escritor o un luchador social.

Los reporteros y las reporteras, porque vi pocas mujeres, pero las había, improvisaban una entrevista colectiva con la celebridad en turno. Se identificaban, ya fuera con el medio en el que seguían escribiendo, siendo locutores o presentadores, al que hubieran pertenecido y preguntaban.

Preguntaban hasta que se acababa el whisky, la tarde o el invitado se tenía que ir.

Algunos se animaban a seguir la bohemia en el Bar Chapultepec.

Asistí varias veces. Hasta que la pandemia nos lo quitó.

Las últimas veces habían sido tristes porque Rigoberto López ya no estaba ahí. Faltaba un vaso de whisky con mineral en la mesa. Extrañaba el carraspeo que antecedía al momento en que tomaría la palabra.

Hoy, 8 de septiembre, se conmemora el Día Internacional del Periodista.

No volveré al Club Primera Plana hasta quién sabe cuándo.

Hace más de 20 años que lo ejerzo y es curioso, recuerdo cada una de sus historias como si me las estuviera contando delante de una cerveza.

De las otras clases lo olvidé todo, si es que alguna vez aprendí algo.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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