Oh, Captain, my Captain…

Foto tomada del blog de la Red Mexicana de Periodistas Cinematográficos.

Para hablar de ti tengo que volver a esa tarde en la que me encontré con un colega camino a un concierto. A la mitad del puente que comunica el metro Velódromo con la calle de Atletas.

Me contó que había ido a hacer una entrevista al periódico deportivo Récord, que lanzaría su sección de espectáculos. A mi amigo no le satisfizo la negociación, pero me pasó el tip: “ve tú”.

Yo trabajaba en una revista del corazón en la que pagaban con decoro, pero me obligaban a pasar los días atornillado en un escritorio. Tristemente se reporteaba por teléfono, tan contradictorio como torear mirando a los toros desde la barrera.

Acudí a la entrevista con mi currículo impreso y un bonche de recortes de notas publicadas en Esto, La Mosca, Rock Stage y otras revistas a las que el tiempo condenó a la extinción.

Sin profundizar en detalles, me quedé con el puesto.

Era el trabajo soñado: reportero de la fuente musical. Cubrir conciertos, entrevistar bandas y viajar.

Dórica, la editora de la sección, me llevó a conocer al coeditor. Un señor corpulento que siempre parecía tener prisa, que se giró en su silla para extenderme la mano y me dio un apretón sorprendentemente suave.

José Vera, mucho gusto.

–Arturo Flores.

Dórica intervino:

–Arthur es el nuevo reportero.

José tomó una libreta de taquigrafía y empezó a trazar rayones sin sentido:

–Le van a hacer un homenaje a Chespirito. Necesito que lo localices para que le preguntes qué opina. También a su hijo, su esposa y sus amigos. Vete corriendo y me hablas.

Le tuve que explicar que aún no entregaba mis documentos en Recursos Humanos ni firmaba contrato. Ni siquiera había renunciado a mi empleo en la revista. Pero la sola idea de tener que ir a la calle y empezar las pesquisas para localizar a un personaje hizo que me hirviera la sangre.

Volví a sentir aquello que el trabajo de oficina se había encargado de apagar en mi pecho.

–Nos vemos dentro de una semana– sentenciaste.

–Nos vemos.

Fui reportero de música. Pero eso no me eximió de participar en todas las fuentes. Algo que ya le había aprendido a Enrique Feliciano en el Esto y que tú, Pepe, también sostenías:

–Somos reporteros y punto. Lo de menos es de qué.

De ahí que a la fecha me ría cuando un reportero me dice que tal o cual fuente “no le gusta”.

Tuve el honor de servir bajo tu mando. Igual que en el ejército. Eras el general de una joven brigada que entonces conformábamos Azul, Marilú, Isela, Gustavo, Juan y yo.

Nos tocó disfrutar de tu mano de la última época gloriosa del reporteo.

Con un editor que ignoraba el significado del “no se puede”. El que nos enseñó que a la Redacción (ya ni siquiera se llaman así las oficinas) antes se volvía con las manos amputadas que con las manos vacías.

Nos recuerdo a Marilú y a mí persiguiendo a Robbie Williams por la ciudad y siendo detenidos por el alcoholímetro. No habíamos bebido, pero el incidente nos hizo perder al británico. Tuvimos que montar guardia afuera de su hotel hasta que amaneció para tomarle una fotografía. Hacía una temperatura cercana a la congelación, pero no íbamos a permitirnos volver sin la nota.

La Nota.

Cada uno tiene su historia. Gustavo se hizo pasar por un fan de Mel Gibson para posar a su lado y así registrar su visita a los Estudios Churubusco durante la preproducción de “Apocalypto”.

César “El Trapo” Vicuña salvó todos los obstáculos de la jungla (es un decir) para capturar con su cámara a Bono, que disfrutaba de una parrillada en casa de Jaime Camil.

Azul durmió en un cuarto de azotea en Ciudad Juárez desde donde podía seguir el rodaje de “Bordertown” con Jennifer Lopez. Las cucarachas le caminaban por los brazos y la cabeza.

Juan comprobó la máxima “no existe reportero sin suerte” una tarde en el Centro Histórico. Harto de esperar a que Dennis Quaid apareciera, mi compañero se metió en una cantina para matar el tiempo junto al fotógrafo.

Después de varias cervezas, las puertas del abrevadero se abrieron para que entrara el actor hollywoodense. Aburrido de que lo llevaran sólo a comer a lugares “fifís”, Quaid decidió darse por voluntad propia un “baño de pueblo”. Inmejorable oportunidad para una entrevista.

A todos nos tocó hacer esperar afuera de los hoteles. Malcomidos, maldormidos y con la presión de conseguir algo, lo que sea que no tuvieran los demás periódicos y revistas, para poder llamar a la oficina y dictar nuestra nota.

¿Y, tú, Pepe?

Como buen líder siempre estuviste del otro lado del auricular. Sin comer ni dormir tampoco. Ahogado del adictivo estrés del periodista. Eras el estratega al que nunca se le acababan los recursos y que siempre saliste en defensa de tus reporteros.

Cuando los publirrelacionistas telefoneaban para acusarnos de que otra vez habíamos roto una regla, formulado una pregunta incómoda y publicado lo que no debíamos publicar, invariablemente respondías: “gracias por decirme, ahora mismo los voy a felicitar”.

Así nos enseñaste y así me conduzco como editor.

“Hazte pasar por mesero”. “Disfrázate de enfermera”. “Háblale en inglés para que crean que eres de un medio extranjero”. “Hazte amigo de las maquillistas, ellas lo saben todo”.

Ve, preséntate, métete, consíguelo.

Se reporteaba sin misericordia ni pudor. Uno sabía que en la Redacción nos esperabas. Con la guillotina del cierre a punto de rebanarte el cuello, la imprenta a nada de caerte encima, confiando en que el regimiento volvería para entregarte el oxígeno de “La de Ocho”.

Vera: fuiste un periodista atípico. No bebías ni eras bohemio.

Pero como los viejos lobos, acumulaste cientos de anécdotas. Fuiste respetado por todos los RP’s, Jefes de prensa, directivos y directores, actrices, actores, músicos y publicistas de la época.

Fuiste además un amigo de tus colegas.

Uno al que perdimos. Te nos adelantaste sin dejar publicado tu libro. Sin que se concretara esa comida que tantas veces pospusimos.

Me enteré que diste el último teclazo de la nota de la existencia.

Me sumiste en la orfandad que te deja la partida de un maestro. Primero Rigoberto López, después Eusebio Ruvalcaba, luego Enrique Feliciano, también H. Pascal y ahora tú.

Demoré algunos días en escribir estas líneas porque no sabía cómo empezar.

Así como nos pasa con las notas.

Sólo tenía claro el remate.

Siempre quise acabar una nota haciendo referencia a esa escena de “La Sociedad de los Poetas Muertos” en la que los muchachos se suben en sus pupitres para gritar: “Oh, Captain, my Captain!”, como un homenaje a John Keating.

Esta tarde va dedicada a ti.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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