Entré muy decidido a la recámara de mis padres para decírselos.

–Van a traer grupos de rock al Festival Acapulco y quiero ir.

Mi papá hizo la pregunta que repetía cuando mi hermana o yo le pedíamos algo.

–¿Cuánto cuesta?

Mi mamá formuló la que invariablemente le salía de las entrañas.

–¿Con quién vas a ir? Porque solo no.

Caifanes, Maldita Vecindad y Café Tacvba se presentarían en el Lienzo Charro con uno o dos días de diferencia. Asistir a los tres significaría llegar desvelado toda la semana a la secundaria. Pero a ver, entonces Acapulco era un pueblo bicicletero. Lanchero, mejor dicho, pero pueblo al fin. Acostumbrado al ajetreo de la ciudad de México, para mí representaba un auténtico infierno del aburrimiento.

Sobre todo cuando hablaba por teléfono con mi primo Jorge:

–Mi papá nos llevó a un amigo y a mí a ver a Guns.

–No mames, ¿y cómo estuvo?

También fue a los históricos cinco conciertos de Metallica que después se lanzarían dentro de la caja “Live shit: binge & purge” y a Sepultura en el Juan de la Barrera.

Así que pasar lista en aquellas comparecencias musicales se volvió una obligación moral para mi yo quinceañero.

También tuve que asistir al de Maná… porque me lo exigió mi novia.

Al de Maldita me acompañaron dos amigos llamados Enrique y uno de nombre Ismael, que no tenía ni la más remota idea de lo que iba a ver. Se visitó como si se tratara de la fiesta de cumpleaños de Luis Miguel en el Baby’ O.

Los Enriques y yo habíamos actuado como Maldita en un festival de la escuela. En medio de Timbiriches, Gerardos y Glorias Trevis, saltamos al escenario ataviados con pelucas y escobas adaptadas como guitarras para interpretar “Pachuco” (cinco minutos antes de nuestro glorioso debut uno de los Enriques se enteró que la canción no se llamaba “Pachuca”, como él creía) en medio de piruetas, maromas y brincoteos simiescos.

Fuimos un éxito.

A nuestros compañeros les fascinó y lo celebraron puños en el aire.

No así al “Tribilín”, director del Instituto MacGregor, que nos mandó quitar la pista y ordenó que no se volviera a utilizar una canción de rock en los festivales de fonomímica. Aún no le ponían ese título mamoncito de lyp sync.

Mentiría si dijera que recuerdo el concierto como si hubiera sido ayer.

Pero hubo cosas que sí se me imprimieron en la memoria. El poder de los malditos instrumentos tocados en vivo. La energía desbordante de los músicos. Veinteañeros todos, se daban el lujo (sobre todo Sax), de correr de un lado al otro del escenario, que era una pequeña plaza de toros, sin que le faltara el aire.

Hay un momento que no se me olvidó en todos estos años. Me pareció una demostración de fraternidad de la Maldita hacia su público.

Casi al final del concierto, cuando interpretaron “Pachuco”, un tipo intentó subir al escenario y los de seguridad lo bajaron con lujo de violencia. Pero el chico, en vez de responder a los golpes, empezó a bailar como un poseso. Desde el escenario, Sax se dio cuenta de lo que sucedía y se bajó para danzar junto al muchacho. Roco se unió a ellos y en un santiamén, se armó un slam que se proyectó por televisión.

En Televisa y en horario estelar.

Después me enteré que mis papás siguieron la transmisión y mi mamá angustiada, preguntó:

–¿Ahí es donde fue Arturo?

Parte de lo sucedido se puede ver en el concierto que está en YouTube. A la distancia, luce mucho más inocente.

Pero en vivo, aquella visión de los caballazos me voló la cabeza.

Los Enriques, Ismael y yo no nos unimos porque contemplábamos las hostilidades desde gayola, pero ganas de rompernos el alma a golpes no nos faltaron.

Muchos años después, ya como reportero y reinstalado en la Ciudad de México, entrevisté decenas de ocasiones a los Malditos. Inclusive una vez les llevé una campaña como RP. Esa vez le conté mi experiencia a Sax y le dio mucha risa.

Siempre que suena “Pachuco”, con el sampler de Tin Tan que exige “un tequila antes de que empiecen los trancazos”, uno sólo puede tener una certeza.

Si suena Maldita, se van a armar sí o sí.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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