Yo te maldigo, Periodismo.

Por estas ganas infinitas de contar historias.

Me jodiste la vida.

Porque no nací para ser espectador, para quedarme callado y no jugarme la vida.

Se me incendian los dedos si no escribo.

Maldito seas.

Por la pasión que me obliga a estar despierto.

Por aguantar el hambre y la sed.

Noches heladas y mediodías que suenan bajo el sol.

Faltar a bodas, bautizos y Navidades. Ser invisible a la familia.

Dejar mis años en una redacción donde viejos robles que fumaban, rompían a golpes la máquina y bebían litros de ron.

Por estas pinches ganas de salir corriendo detrás de la noticia, en forma de ambulancia, patrulla o asesino.

Porque no puedo pasar de largo si vislumbro una aglomeración.

Porque vomito preguntas que me atormentan.

Soy el hijo bastardo del romance entre un poeta y un narrador.

Porque en busca de la palabra perfecta, de torear el adjetivo que me quiere morder los textos, y la entrada que a veces cuesta más trabajo encontrar que pronunciar una confesión de amor, paso de niño a niño viejo.

Por el amor, maldito seas.

Por la pasión que se comparte con los colegas.

Porque en sus ojos –los de ella –el periodismo arde como una chimenea.

Reniego de ti, te escupo en la cara.

Y lo hago contra mí.

Porque el periodismo somos quienes lo practicamos.

Lo es ella, que detrás de su cámara congela al mundo.

Lo es esta pluma, una espada con la que cuento.

Para redactar la puerta de escape.

Maldito seas.

Con todo mi odio, con todo mi amor.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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