Lo mejor que pudo sucederle a Romeo y Julieta fue morir

¡Oh, dichoso puñal! Esta es tu vaina; reposa ahí y déjame morir”. Es la última línea que Julieta pronuncia en la obra de William Shakespeare.

Hoy por la mañana escuché en la radio que la puesta se llevó por primera vez a escena hace 424 años, exactamente el 29 de enero de 1595. Se representó en Londres y ambos papeles protagónicos fueron representados por hombres, ya que entonces no se admitía la posibilidad de que las mujeres trabajaran como actrices. De hecho, no se les permitía hacer prácticamente nada.

En segundo de secundaria, participé en Romeo y Julieta. No porque fuera el más guapo, ni el más ágil con el florete (¿quién, a los 13 años, lo era en pleno siglo XX y en el puerto de Acapulco, que es donde vivía?), sino porque fui el único que aceptó aprenderse una versión resumida del texto original, aunque no entendiera ni media palabra de lo que el autor había intentado decir (“Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he ahí la dulce expiación: ruborosos peregrinos, mis labios se hayan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada”, es lo primero que Romeo le suelta a bocajarro a Julieta y yo me preguntaba qué chingados era un relicario y una expiación) y porque en vez de jugar futbol, deporte para el que fui y seré siempre un incapacitado natural, me atraía más la idea de pasar los recesos ensayando con Carolina.

Así se llamaba aquella rubia de ojos claros a la que le tocó hacerla de Julieta.

Porque de entre los alumnos de segundo año del Colegio Mc Gregor, sólo a nosotros dos (y a Laura, quien había sido mi crush en primer año y el azar quiso que le tocara ser mi “suegra” en la obra) nos atraía más la idea de interpretar a Shakespeare que estudiar para un examen.

Como todos saben, al final de la tragedia ambos amantes mueren. Romeo envenenado y Julieta, hundiéndose un cuchillo en las entrañas.

¿Qué habría sido de ellos si no fuera así? ¿Representarían aún el símbolo por antonomasia del amor?

Hace poco me invitaron a un programa de radio y sostuve que lo mejor que pudo pasarle a ambos fue morir. De haber sobrevivido, quizá se hubieran casado y entonces sí, sucumbido a los auténticos destinos del amor romántico.

Quizá Romeo hubiera engordado 20 kilos y pasaría los días tumbado en un sillón hinchándose de tanto beber barriles de cerveza.

Tal vez Julieta lo convencería de ir a terapia conyugal, de compartir “sus sentimientos” y cada fin de semana lo torturaría obligándolo a visitar a sus papás (ya sabemos que los Caputelo no tragan ni en pintura a Don Romeo), por no decir que ambos se agarrarían del chongo par decidir con quién pasar la Navidad y el Año Nuevo.

A lo mejor uno de los dos le sería infiel al otro; o mejor aún, se volverían swingers, echando por la borda aquello de “la luz de su propia belleza basta a los amantes para celebrar sus amorosos misterios”, convirtiendo aquello en un desfile luminoso de misterios por aquí y por allá.

Por eso, qué bueno que al final ambos mueren.

Por más esfuerzos que hice para convencer a Carolina de la credibilidad y legitimidad que le daría a nuestra representación respetar la acotación en la que su papel y el mío debían besarse, no lo conseguí. Me conformé con abrazar temblorosamente a mi coprotagonista delante de mis compañeros, que seguro morían de aburrimiento o de risa, por observarme en mallas.

La de cosas que uno se pone a pensar cuando se encuentra fotografías viejas.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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