La trompeta del fin del mundo

De las imágenes apocalípticas de las que he sido testigo durante el confinamiento, algunas de las cuales ya engrosan mi libreta de apuntes en espera de convertirse en una escena de un cuento o novela, hay una que sigue dando vueltas en la cabeza.

A veces pasan por la colonia músicos callejeros que interpretan una canción y tocan casa por casa, en espera de que alguien les obsequie una moneda.

Un tarde de domingo, el sonido de una trompeta rompió la tranquilidad de la cuadra. Sonaba triste, fúnebre, pletórica de melancolía. Me asomé a ver. La hacía sonar un tipo espigado, que si hubiera venido pintado de arlequín hubiera parecido sacado de la película de Álex de la Iglesia (Balada triste de la trompeta) o alguna de las figuras de migajón que adornaban la casa de mi abuela.

Su pareja –a todas luces era la mujer del trompetista– iba haciendo sonar, uno por uno, los timbres de un edificio. Cuando algún parroquiano se aprestaba a arrojarle una moneda, desde los pisos de arriba, la cachaba con su gorra se le echaba en el bolsillo. Incluso con el cubreboca bien colocado, se adivinaba que sonreía.

No había nadie más en la calle, ni circularon autos el tiempo que los contemplé. Pensé en uno de los últimos conciertos a los que asistí antes de la cuarentena. El de Raphael, cuando el Divo de Linares interpretó “Balada de la trompeta” y su vozarrón atravesó el Auditorio Nacional soltando una frase que entonces ignorábamos sería profética respecto a lo que se avecinaba: “Balada triste de trompeta por un pasado que murió”.

Una vez escuché decir a un religioso que en el fin del mundo sonarían las trompetas de los ángeles. Nunca dijo que vendrían descalzos, hambrientos y agotados de andar.

A veces la música me revuelve las tripas. Esa tarde fue una ocasión. Mientras escuchaba al músico arrancarle esas quejas a su instrumento, comencé a susurrar la letra de la canción, que había reconocido desde el principio y por eso, me asomé a mirar:

“And now the end is near… and so I face the final curtain”.

Pensé en el fantasma de Frank Sinatra recargado en el farolito frente a mi asa, con una copa de whiskey en la mano y la mano derecha en el bolsillo del pantalón, observando al trompetista interpretando “A mí manera”, a la salud de una raza humana condenada a la extinción por su arrogancia y estupidez.

Después, es probable que me llamaran a comer.

Pero he de escribir esa historia.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.