“Nunca en mi vida he soltado un golpe ni –por fortuna– recibido el impacto de otro puño en la cara. Pero sí pertenecí a mi propio Dojo.”

Igual que muchos, el fin pasado me amanecí viendo Cobra Kai.

Nunca en mi vida he soltado una patada ni –por fortuna– recibido el impacto de otro puño en la cara.

Pero sí pertenecí a mi propio Dojo.

Nos llamábamos Goliardos (como los monjes libertinos que escribían, bebían y seguramente, cogían) y nos dirigía H. Pascal, a quien le gustaba y exigía que le llamáramos así, Sensei.

Era un viejo peleador que se había ganado el título a plomo. Escribió y publicó magníficas piezas de literatura fantástica, cyberpunk, terror y ciencia ficción como La canción del hielo, El holograma irlandés o La lengua del dragón.

Pero sobre todo, igual que Johnny Lawrence, supo acoger y aleccionar a un conglomerado de friquis e inadaptados que soñábamos con ser escritores.

Entre nosotros había góticos, seguidores del Cruz Azul, blackmetaleros, periodistas, matemáticos, una scout, un panadero, una psicóloga y varios filósofos.

Lunes a lunes, nos reuníamos en el Centro Cultural Martí. Cinco minutos antes de las cinco, acompañábamos a Pascal, rigurosamente vestido de camisa a cuadros con jeans, con su barba blanca de alquimista y el cigarro prensado entre los dientes al estilo de Clint Eastwood en El bueno, el malo y el feo, a comprar su café americano al Trevi.

El mismo establecimiento que este año, a consecuencia de la pandemia, dejó de existir.

Durante dos horas, los Goliardos leíamos nuestros malos cuentos y peores poemas.

Nos golpeábamos sin piedad (No mercy!) con la fuerza de la crítica. Nos meábamos unos encima de los textos de los otros. No cualquier aguantaba. A varios los vimos pasar por el Dojo de los Goliardos y escaparse con la cola entre las patas para nunca volver.

Pero muchos publicamos libros, obtuvimos premios y hasta ganamos unos pesos de lo que escribimos.

Aunque H. Pascal nunca nos dio tregua. Siempre fue el más cruel, el más insensible y el más crudo con sus comentarios. Le gustaba que nos levantáramos del suelo, nos limpiáramos la sangre y siguiéramos peleando.

Porque eso dijo Bukowski que era la escritura: una pelea de peso pesado.

Era obligación de Pascal bajarnos del tabique al que pudiéramos habernos trepado.

“Alcohólico de los lugares comunes”, me dijo a mí una vez y aun lo escucho retumbar en mi cabeza cada vez que me siento a trabajar.

“Adjetivo que no da vida, mata”. Él se la adjudicaba a Borges, pero la asimilé como una enseñanza de su propiedad.

“En la vida hay que escribir, beber y coger lo mejor posible… y lo más posible”, le aconsejó una vez a Alfonso Franco.

Aquel no era un taller literario, sino una sucursal del Valhalla situada encima del metro Hidalgo en la que podíamos sentarnos a beber (café) con Odín para que nos recomendara libros y nos condujera a través del arte de mezclar palabras para contar historias.

Hace un año H. Pascal murió. Nos veíamos poco, ya no todos pero siempre con cariño, en su cubil felino. El departamento del que se desbordaban los libros y siempre había cerveza para convidarnos, aunque por cuestiones de salud, el Sensei ya no tomara.

Hoy sería su cumpleaños.

¿Escribiremos, beberemos, cogeremos en su honor?

Yes, Sensei!

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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