“No me tardo. Dejar recado. Atte. Bocanegra”.

Nunca supe a que se dedicaba. Por qué la gente lo buscaría o quién entregaría el mensaje para que se lo comunicara.

Ni siquiera conocí el primer nombre del señor Bocanegra.

Todos los días muy temprano, cuando me iba a trabajar, lo veía desayunar. Vivía en lo que desde afuera parecía una pequeña habitación. El señor Bocanegra era un tipo flaco, encorvado por llevar a cuestas sus años y con el rostro ensombrecido por el descuido de una barba rala.

Alrededor de las 7 AM, sacaba un banquito en el que sentaba a comer. Todos los días sin excepción sorbía cucharadas de cereal con leche del mismo pozo de peltre.

Yo le da daba los buenos días mientras pasaba y él me respondía un lacónico “buenos”.

En ocasiones llegué a pasar por su casa después de las doce. Había acomodado en la banqueta una serie de objetos que parecían inservibles al que les había colocado un letrero con un símbolo de pesos. Un triciclo oxidado, una chamarra llena de polvo, un mueble de fierro al que no se le veía forma. Nunca vi que vendiera nada.

Me lo encontré una vez en la tienda 24 horas que está enfrente de la que fue su casa.

“Vine a comprarme una botella”, me hizo la plática mientras esperábamos. “No me gusta salir de noche porque es peligroso, pero yo vivo aquí enfrente”.

Escritor al fin, comencé a hacerme ideas locas acerca del señor Bocanegra. ¿Sería un acaudalado empresario que lo perdió todo en un juego de naipes? ¿Sólo le restaban el triciclo, la chamarra y el mueble sin forma? ¿Se trataba acaso de un viajero en el tiempo que no encontraba la manera de volver a su tiempo? ¿Sería acaso descendiente del autor del Himno Nacional, Francisco González Bocanegra?

Un día, no lo vi más.

Ya no salió a desayunar en la banqueta ni acomodó sus triques en la calle.

No he vuelto a ver abierta la puerta del cuarto, pero tampoco quitaron el letrero de la cornisa.

Igual que pasa con quienes lamentaron el cierre del Sanborns de San Ángel o la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, aunque no hubieran entrado en muchos años, me acostumbré a su existencia.

Hace mucho tiempo que retiraron los relojes del metro y que todos nos enteramos de qué hora es en nuestro celular, pero nos seguimos quedando de ver “abajo del reloj”.

Nos gusta que las cosas y las personas estén ahí. Nos brindan una falsa ilusión de seguridad. Porque tarde o temprano, como sucedió con el coronavirus, el mundo nos recuerda que está vivo y es proclive a transformarse.

Me gustaba pensar que un día me sentaría a platicar con el señor Bocanegra, que lo entrevistaría y le preguntaría su nombre de pila.

Ahora, cada vez que paso por delante de su casa, siento deseos de dejarle un recado.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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