Escribe un libro en cuarentena

“Si tuviera tiempo, me gustaría escribir un libro”. Son muchas las personas a las que he escuchado decirlo. Una novela, un poemario. Un compendio de recetas veganas o un mensaje positivista para autoayudarse.

Tal vez un listado de los 50 discos que todo fan del hip hop debería conocer o un manual para aprender a saltar la cuerda. Muchos tienen una idea que lleva años incubando entre neurona y neurona.

Buenos o malos, he publicado algunos libros. Amigos me preguntan: “¿qué no duermes?”. La verdad es que sí. Soy un animal cien por ciento diurno. Nunca he sido bueno para desvelarme ni mucho menos, como decía Neruda, para escribir los versos más tristes cuando anochece.

Solo trato de robarle horas al día. De comer delante de la computadora y administrar cuidadosamente mis píldoras Netflixianas y evadir lo más posible la sobredosis maratónica de seriales.

A nadie le gusta la idea de esta cuarentena. Pero hay que aceptar que es necesaria y que quienes tenemos la fortuna de poder acatarla, lo tenemos que hacer por consideración a los que no.

Entonces, deberíamos hacer del aislamiento lo más llevadero posible y por qué no, hasta de aprovecharlo para no caer en la desesperación que deriva del claustro.

Así como el Conde de Montecristo invirtió sus años de encierro en planear su fatal venganza, nosotros podríamos valernos de esta reclusión sanitaria para hacer todo aquello que no hacemos “porque nunca tenemos tiempo”.

Dispondremos aún de varias semanas para sentarse delante de mi teclado y como Bukowski aconseja en “Cómo ser un buen escritor”, entregarse de lleno a esta pelea de peso pesado.

Tomar algún curso en línea puede ser otra opción. Sobre todo si de practicar un idioma se trata. Al mismo tiempo que las calles se vacían, el ciberespacio se ha sobrepoblado.

¿Por qué no organizar un taller de lectura a distancia o sencillamente un club de conversación?

El doctor Camilo Cruz cuenta en su libro Storytelling, la historia de un esclavo que todas las noches sin excepción, después de romperse el cuerpo trabajando para su amo, aún encontraba unas horas durante la noche para cultivar su propio jardín. Para Cruz, el cuento representa a aquellos que no se conforman con desempeñar un empleo a cambio de un sueldo, sino que le roban un par de horas al sueño, las mismas que otros pierden fisgoneando en Facebook, para “cultivar su propio jardín”.

Así escribo libros. A veces una cuartilla; otras, 15. Pero cuando te das cuenta, ya terminaste un volumen de algo que quizá se salve.

Dijo una vez el escritor catalán Jordi Sierra i Fabra que cuando le detectaron cáncer y le explicaron en qué consistiría el tratamiento, se apresuró a salir del consultorio del doctor, que extrañado le preguntó:

— ¿No quiere tomarse unos minutos para procesar la noticia?

— ¿Minutos? ¡Esto ya me está costando 5 folios de escritura!

No olvidemos que cuando el hombre inventó la agricultura (y mucho antes de que se inventara también la esclavitud), comenzó a tener tiempo libre. De esa contemplación surgieron las preguntas universales que después intentó responder a través de la ciencia y el arte.

Puede ser que estos días de desacelere, de silencio (porque sin dejar de estar informados, también conviene abstenerse de dejarse atrapar por las fake news) y de escucharnos, pueda brotar algún proyecto.

Mi novia se aficionó a cultivar orquídeas para relajarse y pasar el tiempo. Los que conocen jardinera, saben que estas flores son caprichosas y exigen cantidades industriales de paciencia.

La misma que mi amigo Rodrigo necesita para plantarse, después del trabajo, y practicar los ejercicios de digitación en su guitarra.

José Revueltas, Donatien Alphonse François de Sade (el Marqués, pa los amigos), Virginia Wolf, Ana Frank, José Agustín y Marcos Ana, son sólo algunas escritoras y escritores que han concebido libros durante sus periodos de reclusión en prisiones, campos de concentración o manicomios.

Pero hay casos mucho más extremos. Ramón Sampedro, Stephen Hawking y el periodista Jean-Dominique Bauby, ex editor de Elle escribieron un libro, cada uno prisionero dentro de su propio cuerpo.

Sampedro se rompió la columna, quedándose sin movibilidad del cuello hacia abajo, mientras que Hawking sufría de Esclerosis Lateral Amiotrófica y Bauby solo podía mover un ojo, el izquierdo. Con ayuda de las computadoras, estos dos pudieron redactar sus respectivos libros.

San Cristóbal, el poeta español, fue un poco más afortunado. Podía hablar y se dice que escribía con un lápiz sujeto entre sus dientes.

Rebuznamos — los habitantes de las ciudades, cuando menos — la muletilla constante de “no tengo tiempo de”. La vida nos ha puesto delante un reto: no salir de casa.

De pronto ahí está el tiempo que a Momo le robaron los hombres grises.

Echemos a volar la imaginación, que a esa no hay cuarentena que le valga, y escribamos ese maldito libro.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.