El muchacho que mató a Jodorowsky

De pifias reporteriles se podría escribir un libro. Existen tantas como las que popularizaron a Peña Nieto.

Los reporteros somos vanidosos, como cualquier cazador. Presumimos las cabezas de alce que adornan nuestra pared: las entrevistas que obtuvimos a toda costa, las coberturas en las que nos jugamos la vida y los premios conseguidos.

El ego nos aconseja ocultar los yerros, los fallos, los tropiezos. Como si por esconder bajo una montaña de polvo aquellos actos equivocados, dejaran de existir.

Empezaré por las propios, para poder comentar las ajenos. En plena entrevista, con la grabadora apuntándole, siendo un imberbe redactor de periódico, confundí a Nuria Bages con Alma Muriel. ¿Por qué? Porque entonces no existía Internet, yo casi no veía la televisión y hacía dos semanas había conseguido mi primer trabajo en la sección de espectáculos de un diario. Era joven y cojeaba del mismo pie que todas las generaciones de jóvenes, sean equis, millennials o zeta: de vanidad.

También maté a Alejandro Jodorowsky. Mientras redactaba una nota acerca de su exesposa, se me hizo fácil escribir “el difunto director de cine”. Porque me pareció haberlo leído, escuchado o lo que fuera, porque no había escuchado de boca de mi amigo Luis Jasso una máxima (él, a su vez, la recibió de Lourdes Gómez, según recuerdo) que ahora repito hasta el hartazgo a mis alumnos universitarios, con la esperanza de que no cometan el mismo error, “nunca confundas lo supuesto con lo comprobado”.

De Nuria Bages no pasó que enfadada se diera la vuelta y me dejara un humillante y lapidario “no tienes ni idea de con quién estás hablando, muchacho”, mientras que la nota de Jodorowsky, que no era de portada ni mucho menos, se archivara para siempre en un diario de papel que ya deben haberse tragado los hongos.

Bendito Internet, aún no existías; así que, de no haberlo confesado en estas líneas, es posible que nadie se hubiera enterado.

Pero no soy el único. Me guardaré los nombres porque no es mi intención evidenciar a nadie y mucho menos a los colegas. Pero atestigüé dos escenas, seguro fueron muchas más, pero ese par me vienen a la memoria, que sucedieron cuando aún no existían los millennials (porque hay quienes parecen empeñados en descargar en esa generación su ira), pero dan cuenta de lo que los reporteros novatos, inexpertos, inocentes, pueriles y en ocasiones, soberbios, llegamos a hacer.

Durante una conferencia con Polo Polo en el desaparecido Teatro Blanquita, comenzó a sonar el celular del comediante. Se le hizo fácil atender la llamada y decir, en el micrófono “al rato llego”. Alguien entre los convocados, levantó la mano y preguntó: “¿quién era?”. En principio, la pregunta parecía extraña, pero Polo Polo la tomó a bien y respondió: “mi mamá”. A lo que quien lo había cuestionado, reviró: “¿Cómo se llama su mamá?”. Mientras lo hacía, anotaba a toda prisa en su libreta, porque entonces nos acabábamos las libretas de nota como se consumen hoy las baterías de los gadgets. Polo Polo dijo: “María”, y nuevamente vino la interrogante que hizo que la conferencia de prensa estallara en carcajadas: “¿María… Polo?”.

En otra ocasión, uno de mis editores me llamó a su escritorio. “Mira”, me dijo, haciéndose a un lado para que pudiera leer la línea sobre la que había puesto el dedo en el monitor de su computadora.

Leí. La nota daba cuenta de una serie de actores, actrices y estrellas que habían desfilado por una alfombra roja. De entre los nombres destacaba una: Carmina Burana. La obra musical de Carl Orff había dejado de serlo y se había convertido en persona.

El editor llamó entonces a quien había redactado la información y le preguntó: “¿Entrevistaste a Carmina Burana?”, a lo que muy segura de sí, la persona respondió: “No, es que pasó rapidísimo”.

Entre los colegas de la fuente de farándula era muy famosa –y siempre que había copas, salía a relucir– la historia de un colega que siempre presumía “yo entrevisté a John Lennon antes de que se muriera”.

Hablo de la fuente que me tocó cubrir, pero estoy seguro que sucede en Economía, en Cultura, en Deportes y hasta en Nota Roja. No estoy justificando la falta de atención, de preparación o de rigor. Eso siempre debe privar por encima de todo. Lo que quiero decir es que, primero, no es nada nuevo y segundo, que a diferencia de lo que sucede en la actualidad, ahora los reporteros tienen que lidiar con la nueva dificultad de que las conferencias de prensa se transmiten en tiempo real en canales a los que tienen acceso millones de personas.

Eso implica una doble responsabilidad. Antes uno podía tener un tropiezo y corregirlo cuando se sentaba a escribir. Hoy, todas las coberturas son en vivo.

La enviada que en la conferencia de López-Gatell no fue capaz de estructurar su pregunta (una de las lecciones en las que suelo detenerme mucho cuando doy clases, porque LA PREGUNTA es la base, el ladrillo del periodismo, independientemente de si se trata de una nota escrita, en podcast o en video) y después argumentarla, tuvo que lidiar no sólo con la llamada de atención de su superior, casi puedo asegurar que así fue, sino con el escarnio público. Hasta en un meme acabó. Pero la forma en que algunos colegas la ridiculizaron me pareció excesiva. No sé, quizá porque aquel muchacho que confundió a Nuria Bages con Alma Muriel, de vez en cuando me viene a saludar y a recomendarme que le baje dos rayitas.

¿Los que se burlaron nunca mataron a su propio Jodorowsky?

Los tiempos cambiaron y los reporteros ahora trabajan bajo la vigilancia de un Gran Hermano que no perdona: la audiencia. Está bien, creo, porque para sacarle la vuelta a las Fake News, hace falta preparación, rigor y sí, arrojo para preguntar, pero con un arsenal de datos duros y comprobados a prueba de balas. También ayuda tener a un muchacho dentro que no fue acusado de un crimen que sí cometió.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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