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Cerca del trabajo hay un garage en el que los dueños venden tacos de guisado y a la plancha.
Lo que empezó — imagino — como un modesto negocio de comida, se sofisticó tanto que ya cuentan con 4 meseros uniformados y mesas en cada de las recámaras. La casa entera ya es un restaurante saturado de oficinistas que, como yo, la visitamos por dos razones: los guisados son exquisitos y muy baratos.
En la barra que está pegada a la parrilla, donde me siento cuando vengo solo, para admirar, como diría Pablo Neruda, “recién casados los sabores del mar y de la tierra, para que en este plato tú conozcas el cielo”, me encontraba hace poco.
Detrás de mí había una televisión encendida que exhibía un documental de naturaleza en el que una manada de leones daba cuenta de una desafortunada cebra.
Los felinos desgarraban aquel cuerpo a rayas blancas y negras, llenándose las fauces de generosos trozos sanguinolentos de carne.
Entonces, apareció el propietario para reprender a su personal.
— ¡Cambien el canal, carajo! ¿No ven que la gente está comiendo?
Eché un vistazo a mi alrededor. Varios comensales nos quedamos petrificados, con el mordisco de taco a medio concretar, alarmados por el grito del dueño de la taqueria.
Decidí emprender algo heroico para romper la tensión.
— ¿Te encargó otro de prensado, compadre?

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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