Clase de literatura con un guacarróquer

Tomada del Facebook de Armando Vega-Gil

Junto a Botellita de Jerez guardo recuerdos entrañables. Se trata, para quienes por su juventud lo desconozca, de un pilar fundamental de eso que se llama rock hecho en México. Sin el desenfado, el humor negro, la astucia, la pericia y la originalidad de Botellita, otro gallo nos hubiera cantado. Fueron los más punks, si no en el sonido, por completo en la actitud. Aparecieron incluso en una telenovela de Televisa y tiempo después el Mastuerzo, el baterista, me dijo en una entrevista: “y fumé marihuana en todos los foros de Televisa”. Sencillos, dicharacheros, solidarios con causas sociales, infinitamente cultos –porque cada uno terminó la carrera de antropología, si mejor no recuerdo– y con el buen humor siempre por delante, sin duda Sergio Arau, Francisco Barrios y Armando Vega-Gil, sobre todo, me marcaron como periodista.

Podría reunir varias anécdotas en esta misma, como la vez que los tres se subieron a un pesero en movimiento en medio de una sesión de fotos que El Trapo –otro entrañable amigo– y yo hacíamos para Récord. El chofer, muerto de la risa y los pasajeros de la unidad –estupefactos –observaron cómo los tres botellos abordaban el destartalado camión Mercedes y se cogían del tubo mientras le hacían caras a la lente.

Algunos años antes, cuando estudiaba la Universidad, conseguí el teléfono del Mastuerzo y el músico nos recibió, a unos amigos y a mí, en su casa de azotea de Coyoacán, para otorgarnos una larga entrevista que tenía por objeto ser nuestro proyecto escolar de fin de año. Durante la charla y sin pudor, el Mastuerzo encendió un churro de mota y se lo fumó. Al final, tanto entrevistador como entrevistado moríamos de la risa. Cuando lo proyectamos en clase, tanto el maestro como nuestros condiscípulos no daban crédito. Al Mastuerzo también, recuerdo, me lo encontré caminando por Ciudad Universitaria, un poco perdido, un viernes por la tarde.

––¿Adónde vas, Mastuerzo? — le pregunté mientras me orillaba. Yo conducía un Volkswagen blanco que era de mi entonces novia.

––Estoy buscando Ciencias Polacas–– me respondió.

––¡Súbete, yo estudio ahí!

Cuando llegamos a la Facultad, resultó que el Mastuerzo ofrecería un concierto acústico en la explanada. Llegamos al estacionamiento y lo acompañé hasta el escenario. Cerca de una centena de universitarios ya lo esperaban, ansiosos, cuando él volteó a decirme:

––Oye carnalito, ¿me puedes prestar 20 pesos para el taxi de regreso?

Pero, sin duda, la más entrañable de las historias la viví junto a Armando Vega-Gil, el bajista. Para quien lo desconozca, y es muy injusto que así sea, Armando es uno de los mejores escritores de la actualidad, autor de novelas, cuentos y poemas que han ganado incluso varios premios nacionales e internacionales.

Por aquellos años, principio de los 2000, Vega-Gil escribía además una columna simpatiquísima en la desaparecida revista La Mosca en la Pared bajo el pseudónimo de Armiados Güeva-Vil, en la que daba cuenta de las peripecias y aventuras a las que se enfrentaba una banda de rock mexicana, La Maquinita de Pachuca, que no era otra sino la Botella. Sin pelos en la lengua, se burlaba de sí mismo y del supuesto e inexistente glamour que rodeaba al rock en nuestro país. Aquí no había piscinas llenas de chicas en topless ni botellas de champán, sino empresarios tranzas que hacían pasar hambres y humillaciones a los pobres músicos.

Resultó que Armando ofrecería un taller de cuento de horror y yo, que entonces era un fiel seguidor de sus columnas, por no mencionar de su quehacer musical, de inmediato corrí a inscribirme. El curso era gratuito, patrocinado por la Secretaría de Cultura del DF, y se impartiría en el Centro Cultural José Martí, por los rumbos de Reforma y Pensador Mexicano.

Antes del primer día de clases, nunca había tenido tanto sentido para mí aquello que dijo André Breton respecto a que México es un país surrealista.

A la cita, 5 de la tarde recuerdo, fui el primero en llegar y en el Auditorio del José Martí. Aunque la capacidad del recinto era como para medio centenar de personas, no llegamos más que cuatro. Había un señor bastante grande, de más de 60 años creo, junto a una dama, bastante obesa, que debía tener treinta y cacho. Se notaba que eran pareja porque él la tomaba de la mano. Un poco más atrás se sentó un chavo de cabello largo que, supuse, sí conocía a Armando. Adelante de él se ubicó un hombre de alrededor de treinta y cinco, que no dejaba de garrapatear cosas en su libreta. La verdad no me dio buena espina.

Armando llegó diez minutos después y se presentó. Estoy seguro que se sacó de onda tanto como yo cuando observó a la concurrencia, pero con el colmillo largo y retorcido que como escritor posee, no se dejó intimidar. La clase lo escuchaba con atención.

Lo primero que hizo fue explicarnos que el curso constaría de cuatro clases de dos horas. Durante la primera, él leería alguno de sus cuentos para que nos familiarizáramos con su estilo de escribir y posteriormente, nos iría poniendo ejercicios para que al final del taller relámpago –como lo tituló– cada uno de nosotros tuviera un cuento terminado.

La literatura de Armando, por lo menos lo que en esa primera clase nos leyó y que eran extractos de su columna convertida en libro Diario Íntimo de un Guacarróquer, estaba plagado de escatología, doble sentidos y referencias sexuales.

Nadie dijo nada.

Ni para bien, ni para mal.

Todos lo escuchaban sin expresar ningún tipo de sentimiento, ni de desapruebo ni de identificación.

Nadie se carcajeó. Yo quería, pero me aguanté.

Lo observé algo preocupado, pero terminó la clase con decisión.

Durante la segunda clase, Armando nos preguntó a cada uno quiénes éramos y porqué estábamos en ese curso. Ahí comenzaron a aflorar las personalidades de cada uno. Yo dije que era periodista, pero me gustaba la literatura. El chavo de pelo largo dijo que estaba chido. El que garrapateaba en su libre respondió algo a la defensiva, no recuerdo bien qué. La pareja se limitó a decir que se querían mucho. El señor, porque ella nunca habló durante los cuatro lunes de clase. “Mi vida estaba perdida hasta que la encontré a ella”, mencionó el señor, con total vena poética, pero sin ahondar en porqué se habían inscrito en un taller literario.

Al final de la clase, me acerqué a Armando y platicamos un poco.

––¿Esta muy raro, verdad?–– me dijo ––no tengo idea de dónde salieron todos ellos. Te juro que pensé que vendrían puros lectores de La Mosca.

Yo pensé, pero no dije en voz alta, que aquel taller parecía tan bizarro y barroco como los cuentos de Armando.

En la tercera clase, Armando nos puso un ejercicio que tenía que ver con canciones. Recuerdo que el monito que no dejaba de escribir en su libreta se hizo de palabras con el Botello. Le reclamó que el ejercicio era una tontería y que no tenía sentido. Armando, con diplomacia, le explicó que no se trataba de la única forma de escribir, pero que en su taller se trabajaba así.

El chavo de pelo largo no asistió ese día.

Yo me sentí incómodo por la pelea.

Y el viejito no dejó de besar la mano de su novia.

El último día de clases tocó que leyéramos nuestro texto. El mío le gustó bastante a Armando. El chavo de cabello largo leyó algo bastante decente, que se refinó en 5 minutos. El agresivo leyó una parodia del lunes anterior, reproducía con detalle aunque los nombres cambiados la pelea en el taller. Tachó a Armando de nazi y se ponía a sí mismo como un libertador reprimido.

Pero lo que hizo el viejito no tuvo madre. Parecía el final de una película de Fellini. Con decisión se puso se pie, se colocó sus audífonos y leyó lo que parecía una carta de amor –nada qué ver con un cuento –dedicado a la chica que venía con él, que, para variar, ese día tampoco dijo palabra alguna.

Cuando terminó, se dirigió hasta Armando y le entregó el papel.

“Es poquito, pero salió de aquí”, dijo, mientras se llevaba la mano al corazón y sonreía con dulzura, “ahora, con su permiso, me voy con mi pollo”.

Los de la clase, empezando por Armando, nos quedamos atónitos.

El viejito se acercó a su dama, le extendió la mano y cuando los dos se pusieron de pie, salieron del auditorio del José Martí, tomando de la mano mientras el sol se iba escondiendo.

Publicado originalmente en el libro Tormenta de Sangre (Crónicas Off The Record: Galletitas para Dios y otros 19 secretos muy bien guardados del rock y el pop), escrito a 4 manos con Chico Migraña.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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