Para Voltaire, las casualidades no existen. Son causas ignoradas de un efecto desconocido.

Entre los colegas prevalece una verdad sin bases científicas que, sin embargo, resulta incuestionable. No hay reportero sin suerte.

El lunes 19 de marzo de 2001 llegué a la redacción del Esto poco después de las tres. Tenía hambre, pero me acostumbré a nunca comer antes de dejar la nota del día. Sobre todo cuando traía una bomba en las manos.

Faltaban unos días para que se realizara la entrega del Oscar. “Amores perros”, que se había estrenado el año anterior, competía en la categoría de Mejor Película Extranjera. Para quienes cubríamos la fuente de espectáculos se había convertido en una cobertura obligada.

A la película la rodeaba una controversia. El supuesto maltrato animal que habían sufrido algunos de sus protagonistas de cuatro patas. Tanto en las escenas de las peleas de perros como en la que las mascotas del “Chivo”, magistralmente interpretado por Emilio Echevarría, aparecen muertas porque el “Coffee”, el furioso rottweiler de Octavio (Gael García), los había atacado.

La experiencia me enseño que las mejores notas no salen de un marco teórico, sino de las preguntas que uno, no como periodista sino como ser humano, se hace. Así me lo dejaron claro los buenos profesores de periodismo.

Así que me planteé: ¿cómo se entrena a los animales actores?

En tiempos pre-Internet y armado únicamente por un teléfono de disco y mi agenda telefónica, conseguí una entrevista con Larry Casanova, quien se dedicaba a abastecer a las telenovelas de Televisa de perros, gatos y otras especies, para sus filmaciones.

Larry había entrenado a animalitos célebres como “Rabito”, el pastor alemán de “Carrusel”; “Pulgoso”, la mascota de Thalía en “Marimar” y que además trabajó para TV Azteca como “Tric Trac” y “Chispa”, la perrita que compartió reflectores con Daniela Aedo en “Carita de ángel”.

Inicialmente sólo charlaríamos por teléfono, pero Larry Casanova pronunció las palabras mágicas:

–¿Por qué no te vienes al rancho y le tomas fotos a “Coffee”? Es mi perro.

Larry había sido el proveedor, entrenador y supervisor de las escenas de peleas de canes en “Amores Perros”.

El espíritu de Voltaire debió reírse cuando lo escuchó.

Larry Casanova era un excombatiente de la guerra de Vietnam que radicaba en una casa de campo en San Mateo Tlaltenango, Cuajimalpa. A su regreso de la guerra quiso ser veterinario, pero encontró muy saturado el campo de trabajo. Se transformó mejor en entrenador.

Me acompañó como fotógrafo Raúl “Speedy” González. Uno de los personajes más entrañables e interesantes con lo que me tocó trabajar.

Ya le dedicaré un artículo a él.

Casanova me platicó esa vez que sí existía mucha crueldad en el entrenamiento de animales para películas. Pero él, que atestiguó cómo a los perros militares se les mataba de hambre para obligarlos a buscar minas antipersona, había preferido optar por un método de recompensa.

Les daba comida cuando cumplían con su trabajo. Antes y después.

En “Amores perros” las peleas de canes habían sido simuladas. A los animales se les había atado la boca para que no se hicieran daño. La sangre era artificial.

Lo que sí reconoció Larry Casanova es que en la escena de la muerte de los animalitos del “Chivo”, sí los sedó. Se arrepentía profundamente. Dijo que era como haber traicionado a sus amigos y se prometió no volverlo a hacer.

De hecho, más adelante entrenó a otro de sus perros para que se hiciera el dormido en una telenovela. Nadie notó la diferencia.

En su cuerpo, cargaba decenas de cicatrices. Un caballo lo había derribado. Un elefante lo pisó. Decenas de perros lo mordieron y hasta un escorpión le dejó una buena picadura. Todos aquellos incidentes compartían un común denominador: el error había sido de Larry. Porque las bestias sólo seguían su instinto.

La joya de la entrevista fue conocer a “Coffee”. Su verdadero nombre era “El Gordo”. El “despiadado” rottweiler asesino de “Amores perros”. El que estuvo a punto de robarle (qué carajos, sí que lo hizo) la película a Gael García.

Eel perro staba echado en el jardín.

Pablo, el hijo de dos años del entrenador, se acercó a saludarlo y esa fue la fotografía que “Speedy” tomó. La que al día siguiente apareció en la portada de la sección de espectáculos de Esto.

Eran tiempos en que los reporteros competíamos por la información.

Estoy seguro que alguno que otro colega hizo una rabieta cuando leyó mi nota. Las mismas que hacía yo cuando ellos sacaban una excelente cobertura.

Lo más triste de trabajar un periódico es que igual que el amor, hay que alimentarlo todos los días.

El 20 de marzo, cuando se publicó “Actores perros”, seguramente muchos la leyeron con agrado.

Para mí, ya no existía.

Angustiado andaba por las calles, con la agenda telefónica abrazada como si fuera mi Biblia, en busca de la próxima y afortunada casualidad.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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