Lo Lennon no quita lo McCartney

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Una vez, vi una película de policías del llamado género buddy film. El típico juego entre el policía bueno y el policía malo. No recuerdo el título, el director o el elenco. Llevo años preguntándole a amigos cinéfilos por ella, sin que nadie me pueda dar razón. Lo que conservo es una escena que me parece poética hasta el extremo. Están los dos policías charlando, en un momento en que dan todo por perdido y uno le dice al otro:

–Cuando tenía 20 años, mi Beatle favorito era John Lennon. Hoy que estoy más viejo, es Paul McCartney.

Simbólico es que Lennon perteneciera al club de bebedores autodestructivos liderado por Alice Cooper bautizado como los Hollywood Vampires y que McCartney apareciera en los Simpson convirtiendo a Lisa al veganismo. Pero no en vano el de los lentes redondos, alguna vez vigilado por el FBI, murió en 1980 con cinco balas de la pistola de Mark David Chapman en el cuerpo y Paul, el mismo que caminó descalzo por el paso de cebra de Abbey Road porque supuestamente era un impostor, este 18 de junio cumplió 78 años y continúa generando una fortuna que no le alcanzarían 100 vidas para gastar.

Todos fuimos ese John huraño, rebelde, politizado y lúbrico. El tiempo lentamente nos transforma en un risueño Paul que encarna la frase del irlandés George Bernard Shaw: “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”.

Tengo suerte. El primer concierto internacional al que asistí fue de Paul McCartney. El que ofreció el 27 de noviembre de 1993 en un Autódromo Hermanos Rodríguez al que aún no se le colocaba el nombre de la peor infracerveza que haya conocido la humanidad. El Beatle tocó 32 canciones y yo llegué ahí porque mi tío había comprado boletos para llevar a sus hijos, pero a mi prima de 11 años no le apeteció asistir. Por eso me desvelé esa noche de sábado escuchando –en el cierre– a Paul tocar en el piano y cantar Hey, Jude, la canción que le escribió a Julian, el hijo de John, mientras se proyectaba el rostro de los dos cuando eran jóvenes y apenas habían iniciado con la agrupación por la que hasta Vladimir Putin ha reconocido su fascinación.

Escribo esto mientras pienso que este confinamiento me ha convertido en un McCartney que se lava compulsivamente las manos. No quiero acabar mis días como un Lennon en la banqueta.

Editor de Playboy y Open, autor de varias novelas y libros de cuentos. Comediante de stand up y bebedor ortodoxo de café y cerveza: sin azúcar, crema ni limón.

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